La vorágine, 90 años después
En 1924 apareció La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera. En su momento, el narrador uruguayo Horacio Quiroga calificó esta novela como el libro más trascendental que se ha publicado en el continente.
En 1924 apareció La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera. En su momento, el narrador uruguayo Horacio Quiroga calificó esta novela como el libro más trascendental que se ha publicado en el continente.
Hay poemas que, por su intensidad y concisión, son capaces de sintetizar casi una eternidad en unos cuantos versos: una historia, una emoción.
Es célebre el impacto que Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, uno de los más importantes intelectuales mexicanos, ocasionó en la Academia de Letrán cuando leyó en público la tesis que defendería a fin de ser aceptado: “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.
Hay autores, como Julio Cortázar y Juan José Arreola, que en algunos textos revelan cierta zona casi insospechada de la condición humana: el poder invisible, incomprensible e inconmensurable que subyace tras un infinito aparato burocrático o corporativo, tras un laberíntico sistema de jerarquización que nos conduce al sinsentido.
Dijo el protagonista del Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del firmamento, sobre las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven en ella”.
Entre los poetas árabes contemporáneos que han renovado la poesía en su lengua al incorporar elementos no sólo del Islam y de la tradición sufí, sino también de las rupturas poéticas occidentales, Alí Ahmad Ésber, mejor conocido por su seudónimo Adonis, es uno de los más propositivos y universales, ya que además de los elementos anteriores, inserta en sus versos ingredientes de civilizaciones antiguas, incluido el mundo árabe “pagano” o preislámico.
Para Octavio Paz, la modernidad es un fenómeno cambiante: no hay una sino varias modernidades. Si hablamos de “poesía moderna”, se trata de algo que —sostiene Pedro Serrano— no puede reducirse a una fecha ni referirse a un movimiento literario, ni suscribirse sólo a la esfera literaria.
“Un día surgió dentro de mí ―afirma Miguel de Unamuno― un pobre ente de ficción, un puro personaje de novela, un homúnculo que pedía vida. El pobrecito quería ser, quería existir. Y yo no sabía bien cómo satisfacer sus ansias”, y más adelante sostiene que “fue Don Quijote el que movió la pluma de Cervantes”.
La poesía es el vehículo idóneo —tal vez el único— para expresar la fuerza, la ambigüedad, el profundo vínculo que implica el sentimiento de lo sagrado como una tentativa de descifrar o tan sólo de comprender la vastedad del universo y su misterio, pero también como estrecha comunión con una tradición, un pasado en que los hombres, con deseo e imaginación, establecieron relaciones con su entorno natural y llenaron carencias, produjeron vibrantes imágenes para explicar la realidad, imágenes que hoy conmueven a quienes —como Orli Guzik (México, 1960)— cantan al misterio desde esa misma tradición. Sin duda, Orli es en nuestro país la portadora del sentimiento religioso judío a través de la voz poética.
Cuando el homínido se paró con las dos patas traseras, descubrió su incipiente dedo pulgar y se transformó en ser humano, se enfermó de conciencia y razón, creó filosofías, mitologías, religiones, ciencias.
Pocas obras literarias se han escrito en México sobre los esclavos negros, pero que yo sepa, ninguna sobre la empresa esclavista portuguesa en Brasil.
En su conjunto, la obra poética de Octavio Paz evidencia un sistema de oposiciones y reconciliaciones. Encuentros, reencuentros y desencuentros se suceden mediante figuraciones como la naturaleza, la mujer, el tiempo, la ciudad, la sociedad, el erotismo, la historia y la subjetividad que se pregunta por sí misma, pero también los mundos prehispánico, europeo o asiático.
Cuando a cualquier lector se le habla de novela policiaca o detectivesca, llena de intrigas, tensión narrativa, violencia, crímenes, amenazas de muerte y demás situaciones extremas, con toda seguridad se figura un mundo casi totalmente masculino, con un detective o policía inteligentes que resuelven casos en medio de mitológicos “descensos a los infiernos” y pruebas de todo tipo, con la ansiedad que conllevan tales conflictos.
De entre los poetas italianos a quienes podemos considerar “malditos” —como el mexicano Bernardo Couto Castillo—, se encuentra Eros Alesi (1951-1971), que huyó de su hogar, vivió de modo marginal entre drogas y hippies, formó parte del movimiento Mondo Beat y murió a los 19 años sin haber publicado en vida. Sus cuadernos fueron rescatados y publicados poco a poco en Italia.
Es cierto que cobijarse en rituales, ídolos o modelos culturales les otorga seguridad a muchas personas. Sin embargo, llevar este síntoma de la debilidad humana, de su conciencia de ser mortal, hasta la soberbia postura de pretenderse superior a partir de esa seguridad cultivada en la tierra de una imagen, no constituye sino la continuidad de lo imaginario con otros fines.
En un célebre texto de 1893, José Juan Tablada afirma: “Y hoy que se fundan clubs para andar en bicicleta y para jugar foot ball, ¿qué tiene de reprochable que nosotros, en vez de desarrollarnos las pantorrillas y de adiestrarnos los pies, formemos un cenáculo para procurar el adelanto del arte y nuestra propia cultura intelectual? Sin embargo, parece que el público no duda entre una bicicleta y una poesía decadentista, parece que tolera a un bicicletista exhibiendo los asquerosos vellos de sus piernas desnudas y no soporta el más ligero escote en el seno de una musa”.
Interpretar —dice Paul Ricoeur— es hacer próximo lo lejano. Desde esta óptica, hay muchas formas de leer. Una de ellas, la más honesta y a menudo la más intensa, es la experiencia directa con la obra.
¿Con qué propósitos el ser humano se ha hecho acompañar por la música desde sus orígenes? Sin duda, el significado de este arte va mucho más allá de lo que cotidianamente declaramos. Es común escuchar: “Me gusta tal música” o “pongamos música para amenizar la reunión”.
¿Puede ser la muerte física de alguien un paradójico retorno de su cuerpo? No me refiero a las cenizas con sentido ni al “polvo enamorado” de Quevedo.
Quien esté al tanto del desarrollo de la música de concierto o “culta”, plasmada en partituras complejas, sabe que tras las rupturas del impresionismo ya nada podía seguir igual.