Diplomacia para la nueva concordia
Todo frente diplomático que se abra para este tipo de propósitos, debe recurrir a lo mejor del poder suave y poner sobre la mesa de negociación fórmulas que ofrezcan vías de escape al conflicto…
Todo frente diplomático que se abra para este tipo de propósitos, debe recurrir a lo mejor del poder suave y poner sobre la mesa de negociación fórmulas que ofrezcan vías de escape al conflicto…
En un contexto mundial incierto y peligroso, el nobel pontífice puede desplegar las herramientas diplomáticas de la Santa Sede para dirigir la convivencia global hacia un destino sustentado en valores comunes y en el respeto al orden jurídico.
Habituados a un sistema multilateral cuya efectividad descansa en el equilibrio de poder entre las superpotencias, la situación descrita viene a cuestionar los alcances y límites actuales de ese modelo de coexistencia.
En este contexto y porque cuenta con el capital político, diplomático y moral necesario, la Santa Sede puede contribuir a mejorar la convivencia entre las naciones.
En todo caso, la ausencia del Papa argentino pone sobre la mesa expedientes que no han sido agotados y que deben revisarse si se aspira a una genuina reforma de la Iglesia, que la acerque a la gente.
Francisco ha conducido al catolicismo en un mundo agitado, donde el relativismo cultural y la herencia conservadora de Juan Pablo II y Benedicto XVI propician que los templos estén vacíos.
En poco tiempo, hemos sido testigos de la forma en que Estados Unidos pierde autoridad porque archiva la política exterior que suma y la sustituye por otra, que demerita alianzas y la cooperación que tradicionalmente le han ofrecido tantos países amigos.
En un entorno global incierto y de riesgo, las amenazas son poco útiles porque restan valor a la buena diplomacia (contundente y prudente), que analiza escenarios y descarta medidas radicales porque rompen consensos estructurales y traen consecuencias indeseables y disruptivas.
Como nunca, la toma de decisiones recae en la Casa Blanca, donde parece no haber mentores intelectuales que la nutran con base en la rica experiencia diplomática de Washington.
Este resultado tiene potencial para modificar el liderazgo legítimo de Washington en un entorno mundial muy complejo, donde el más reciente y peligroso capítulo de la Guerra Fría exige cautela diplomática.
A este enfoque se le conoce como realismo político y, con sus variantes, funcionó bien en la etapa bipolar. El desaparecido bloque socialista hizo un esfuerzo paralelo y desarrolló su propia escuela.
El problema es estructural. De ahí que, para remontar insuficiencias económicas y rezagos sociales, los estados deban fraguar acuerdos políticos sustentados en un pragmatismo edificante…
El escenario mundial exige a las naciones del Sur conducirse con versatilidad y singular ingenio; sin camisas de fuerza que limiten su habilidad para navegar en aguas turbulentas y atender sus prioridades de la mejor manera posible.
En este contexto, el hartazgo y la ira acumulada por la falta de respuesta de las autoridades a los requerimientos de la gente, ha propiciado comportamientos electorales inéditos.
La promesa de bienestar que siguió a la caída del Muro de Berlín y del socialismo real, se agotó por carecer del músculo económico requerido para transformar retos en oportunidades para todos los pueblos.
En campo fértil, las hegemonías tradicionales y emergentes desatan los demonios de una inédita carrera armamentista, que además de los estados, involucra también a actores no estatales.
La transformación virtuosa del mundo por la vía del Derecho, el diálogo y el estímulo a la cooperación para el desarrollo, cede ante una globalización de competencias desleales, que avanza intereses unilaterales y erosiona el concepto tradicional de soberanía.
En el Viejo Continente el poder militar se impuso y desplazó al Derecho Internacional, entre otras razones por su idealismo y por la incapacidad de la comunidad de naciones para hacerlo cumplir…
Con ambas cosmovisiones mezcladas y a contrapelo de anhelos mayoritarios, el orden liberal vigente, de suyo utilitario, se traduce en una moral internacional impuesta por las potencias, que desdeña principios universales…
En estos casos, antiguos prejuicios y dogmas de fe sustentan miedos asociados a la pérdida de la identidad sociocultural y de la seguridad personal y patrimonial.