Desde hace más de un año he señalado en estas páginas y en diversas conferencias, que si bien nada permitía avizorar el estallido de una revolución, en tanto en el panorama político no se observaba a los protagonistas organizados de un movimiento de esa naturaleza, en el hipotético caso de que hubiera una revolución, los futuros historiadores no tendrían dificultad para explicar las causas, ya que el país estaba viviendo de manera simultánea una crisis política, una crisis económica y una crisis social. En estos días, después de los terribles crímenes de Ayotzinapa, y de la ira que experimenta y demuestra con sus movilizaciones la sociedad mexicana, es indudable que tanto en el terreno social como en el político las crisis se han agravado. Ciertamente, por sus declaraciones, por su comportamiento en las manifestaciones que se han extendido por todo el país, es evidente que los mexicanos no quieren más violencia, sino al contrario, están demandando un cambio radical a través de vías pacíficas, pero también es claro que si el gobierno optara por la vía de reprimir por la fuerza la protesta social, estaría colocando la nación ante el peligro de encender una guerra civil.