La seguridad es un desastre
La seguridad es un tema toral para la próxima administración que heredará un verdadero desastre de la que ya concluye el encargo.
La seguridad es un tema toral para la próxima administración que heredará un verdadero desastre de la que ya concluye el encargo.
Todo lo que alguna vez se criticó lo hicieron ellos para mermar la calidad moral. La desmemoria los absorbió.
La simulación ha sido un problema endémico, aunque el tricolor tiene una oportunidad para refundarse; es la hora cero.
Las urnas simplemente fueron un eco del hartazgo, del repudio y a la vez de la esperanza.
Ya terminó la elección, ganadores y perdedores se han inscrito en los registros históricos por una razón u otra.
La política es amoral, lo importante es ganar el poder aunque se pierdan otras cosas como el estilo y la categoría.
Desterrar la violencia para que el ejercicio del domingo 1 de julio transcurra bajo el signo de la paz.
En la Plaza de las Tres Culturas se padeció un ritual sangriento que permaneció cubierto bajo un sudario de impunidad hasta nuestros días.
Se trata de ese singular ritual ante la urna sin testigos, ejercicio democrático que legitimará a las próximas autoridades.
Son muchos los pendientes aunque también resulta abundante la demagogia.
Los electores merecen algo más que fuegos fatuos y pirotecnias discursivas.
La democracia no se afianza con mentadas de madre ni apelando a los juicios sumarísimos de una multitud.
La ambición, el colaboracionismo con el actual régimen y la mezquindad han dejado ajada su estructura.
La cultura y el arte no tienen espacio en las agendas de los candidatos. Las prioridades son otras.
Para los seguidores de los candidatos ganó su “gallo”, no reparan en los yerros o deficiencias sino que dan por hecho y por dogma que su aspirante arrolló.
En muchos casos los aspirantes son conversos que adoptaron otras ideas luego de vivir en el error.
Algunos asumen los comicios como si se tratase de una guerra, del todos contra todos, con esa premisa solo se exalta el fanatismo.
Los conversos encontrarán argumentos para justificarse, finalmente no es un asunto de la divinidad sino del poder.
En su momento habrán de debatir; en dichos ejercicios suele ganar el carisma más que las ideas concretas.
Muchos candidatos van de trapecio en trapecio para demostrar su elocuente ignorancia.