Ecos de guerra
Las condiciones especiales e incluso el estado de excepción que acompañan a agresores y agredidos en todo conflicto, se traducen de manera automática en el fortalecimiento de la legitimidad de sus respectivos liderazgos políticos.
Las condiciones especiales e incluso el estado de excepción que acompañan a agresores y agredidos en todo conflicto, se traducen de manera automática en el fortalecimiento de la legitimidad de sus respectivos liderazgos políticos.
De esta manera, el Papa puso el dedo en la llaga en el complejo tema de la guerra justa, que a lo largo de la historia ha sido objeto de diversas interpretaciones.
Hace más de dos milenios que Tucídides relató la guerra del Peloponeso y afirmó que quien puede recurrir a la violencia no tiene necesidad de recurrir a la justicia. Desde entonces, poco han cambiado las cosas.
En la cúspide del Soviet Supremo, Gorbachov afrontó el complejo reto de transformar un país con un modelo de desarrollo económico y político que, en nombre de la justicia social, quedó a deber libertad y democracia.
Los procesos socio-políticos incorporan variables y actores múltiples, maduran con el tiempo y conforman dinámicas que derivan en condiciones adecuadas para la estabilidad y la paz o el desequilibrio y el desencuentro.
El diagnóstico es acertado, pero también muy general y endeble, debido a que tiene como origen la presunción de que las relaciones internacionales, como disciplina, se limitan al análisis de la política exterior de Estados Unidos.
Lo suyo no es el matiz; con óptica sesgada, realiza diagnósticos polarizados y polarizantes de realidades polícromas, multiformes y plurales. Si se trata de la moral, identifica virtud donde solo hay revancha y perversión.
Así, la idea del conflicto permanente se mantiene a partir de la presunción de que la globalización es de suyo injusta y no propicia la distensión y el acuerdo.
En el sistema internacional vigente, el vínculo que une a la paz con la guerra adquiere notoriedad cuando la primera se construye o mantiene gracias a la constante preparación de la segunda.
La paz es frágil y de poca calidad. Es un producto perecedero, cuya frescura inicial se elogia pero que carece de capacidad para mantenerse per se. La paz se traiciona a sí misma porque nunca ha logrado deshacerse de elementos ideológicos.
En la globalización, concepto propio de la economía y sociología anglosajonas, o en la mundialización, como prefiere llamarle la tradición francesa, la paz, para ser de calidad, debe distanciarse de retóricas chauvinistas.
Esta fórmula, siempre virtuosa, pierde efectividad cuando incorpora componentes ideológicos y dogmáticos, que anteponen intereses de soberanías cerradas y criterios religiosos que cierran puertas, rigidizan procesos políticos y desvirtúan la requerida paciencia.
Los esfuerzos para regularla siempre se han quedado cortos, les ha faltado músculo para contener sus impulsos y razones para evitar su materialización y consecuencias.
Después del rechazo inicial por la guerra, la opinión pública mundial parece estarse acostumbrando a ella y a la “nueva normalidad” que ha traido a las relaciones internacionales. Esto es motivo de preocupación.
La mutación de la diplomacia se vincula con la velocidad de las comunicaciones y el incremento del número y calidad de los actores estatales, locales y de la sociedad civil que participan en las relaciones internacionales.
En este discurso hay una presunción básica, que posiciona a los movimientos pacifistas y sus dirigentes del lado bueno de la historia, en el espacio reservado para quienes reconocen en la virtud y el humanismo.
Y hablando de educación, en un gesto que constituye un notable avance para la Iglesia Católica, exigió el esclarecimiento de abusos y crímenes contra menores cometidos en planteles escolares, y hacer justicia a las víctimas.
En esta dualidad, el balance siempre es positivo y señala caminos que urgen a ser transitados con optimismo y una visión constructiva del futuro.
En este afán de recordar y recapitular sobre eventos de alto impacto, el año 2021 será recordado como el segundo de la trágica pandemia de Covid-19, aún no superada y que ha visibilizado la vulnerabilidad de todos los pueblos.
En su concepción básica, la Guerra Fría presupone un estatus quo global estable y predecible, en el que la mayoría de las naciones emprenden acciones en temas que no afectan, en lo sustantivo, el orden mundial.